En la
vida moderna Navidad es la fiesta de los buenos sentimientos, de la exaltación de las
fibras más sensibles del alma, de las húmedas ternuras hogareñas. La Natividad quiere
decir el nacimiento del Señor, pero la mesa bien abastecida, el muérdago, el champán, los
regalos de Papá Noel y el árbol con luces nos quieren convencer de que es
Navidad gracias a Dickens y a los grandes almacenes.
La fecha es convencional, en los primeros tiempos de la Iglesia se celebró en otros días
y sólo hacia el siglo IV se fue fijando en este 25 de Diciembre para recubrir y
santificar una celebración pagana, la del solsticio de invierno Poco importa no tener
datos fiables de registro civil para el nacimiento de Cristo, porque éste es un lugar en
la Historia que vive por la fe y que sin ella no es nada.
Ahora, se nos ha vaciado de sentido acogiéndose al folclore y al pretexto para el
consumo, con una petición poco comprometedora de que, al menos hoy, seamos buenos.
¿Quién no quiere ser bueno? Sobre todo cuando la exigencia es tan modesta, veinticuatro
horas o, todo lo más, lo que suele llamarse con barata emotividad, esos días
entrañables.
El mundo actual no destruye, caricaturiza: en vez del amor de Dios que se hizo hombre para
salvarnos, los buenos sentimientos a plazo fijo, y junto al belén, que habla del Creador
que se nos iguala en humildad y pobreza, el alborozo comprado con nuestro dinero. La
Virgen, san José y el Niño, en sus figurillas de barro, son el alegre corazón del
universo, que a pesar de todo es esperanza.
Los hombres vivirán para siempre gracias al día de Navidad, canta un villancico,
resumiendo así ingenua y profundamente la teología al alcance de todos. En medio de
tanta mascarada, Dios sonríe por encima del tiempo, y su sonrisa es la gran fiesta que
celebramos.
Otros Santos: Anastasia, Eugenia, vírgenes y mártires; Jovino, Basilio, mártires; Beato lacopone de Todl.
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