16 DE ABRlL

SANTA ENGRACIA, virgen y mártir +304

engraciamartirx.jpg (10898 bytes)En tiempos del emperador Diocleciano (285-305) fue cuando más sañudamente fue perseguida la religión cristiana. Por España se extendía de modo prodigioso y había que atajarla. Para ello envió como prefecto al cruel Daciano que regó de sangre inocente todas las tierras españolas.
Aunque hayan desaparecido las Actas Martiriales han llegado hasta nosotros noticias fidedignas de la heroicidad y martirio de Santa Engracia. El inspirado poeta Prudencio, en su Libro de las Coronas, himno IV, después de cantar maravillosamente el valor de estos mártires, les contempla llegando al cielo "donde serán presentados por un ángel, al mismo tiempo que la virgen Engracia...".
Han llegado hasta Zaragoza noticias de las barbaridades que por donde pasa realiza el impío Daciano. Ya se conocen los pormenores y valentía de Eulalia de Barcelona. Aquellos días se encontraba en Zaragoza la noble joven Engracia, que venía de Brácara y se dirigía hacia el Rosellón acompañada de un numeroso cortejo para encontrarse con su prometido y allí contraer matrimonio cristiano.
Al llegar a Zaragoza, coinciden con la venida de Daciano y sus órdenes de persecución contra los cristianos. Santa Engracia confiesa su fe y se atreve a defender a los seguidores de Cristo.
Su martirio ha quedado como uno de los más violentos y mereció uno de los mejores himnos de Prudencio. Después de ser arrastrada por las calles del tiro de unos caballos, es azotada con garfios hasta sacarle el hígado y dejar a la vista de todos, su corazón, para terminar atravesándole la cabeza con un clavo. el 16 DE ABRIL del año 304.
Engracia no iba sola. Le acompañaban como apuestos caballeros todos los pajes de su séquito dispuestos a correr la misma suerte que su Dama ya que era su misma fe la que profesaban. Eran éstos, para feliz memoria: Luperco, Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturino, Casiano, Fausto y Jenaro. Zaragoza, impresionada, dedicó prontamente una cripta con su nombre, para albergar sus reliquias y las de los 18 acompañantes: Lupercio, Optato y Sucesio; Marcial, Urbano y Julio: Quintiliano. Publio y Froncio; Félix. Ceciliano y Evencio: Primitivo, Apodemo y Maturino; Casiano. Fausto y Jenaro; y también las "santas masas" de los llamados Innumerables Mártires

16 DE ABRlL

SAN BENITO JOSÉ LABRE 1748-1783

benitojoselabre.jpg (15061 bytes)El mendigo del santoral. Otros son doctores, mártires, confesores, papas, fundadores, abades, él sólo eso, mendigo, y así consta. Podríamos añadir: Y vagabundo. Ya que es un hecho comprobado que llevó una vida errante y miserable sencillamente porque no servía para nada más.
Sin salud, sin instrucción, sin capacidad para ser religioso, le rechazan en todas partes, ninguna comunidad le acepta, y entonces se echa a los caminos pordioseando para peregrinar. Largas y penosas visitas anda riegas a santuarios remotos de la Virgen--su cortesía a lo divino--, está incluso en Compostela y Montserrat, llega a Loreto para ver la casa de Nazaret, y por fin ancla en Roma.
Un mendigo más entre la turba innumerable de pobres reales o simulados, píos o granujas que llenan Roma. Pero no, él es el más desamparado y piojoso, persiguiendo de iglesia en iglesia el fulgor de la Eucaristía, rezando sin cesar, releyendo los pocos libros que llevaba en su hatillo: un Evangelio, el Kempis.
Miserable que duerme en las escaleras y portales, que come desperdicios y que sonríe en sus éxtasis a la Gran Presencia que le dora el alma. Así se hizo santo este extrañísimo francés, coetáneo y paisano de Robespierre.
El final del siglo de las luces parece que necesitaba un campeón de la fe que aplastase la hidra de la impiedad. Un Tomás para refutar errores, un Agustín para vencer con su pluma, un Ignacio para fundar una milicia espiritual, o un Francisco, santos que fueran grandes ante el mundo. Pero como escarnio al sentido común la Providencia elige un desecho social, lo más humilde y sucio de la brillante Roma, para que aprendamos a no creer en lo que ven nuestros ojos.

Otros santos: Toribio de Liébana, Fructuoso y Paterno, obispos; Lamberto, Calixto, Cayo, Cremencio, Carisio, Lupercio, Julio, Evencio, Apodemo, Optato y compañeros, mártires; Joaquín, confesor.