1 DE AGOSTO
SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO
1696-1787
El siglo XVIII, refinado y escéptico, oyó cómo se
elevaba en su seno la voz de varios santos que predicaban, al igual que San Pablo, a
«Jesucristo, pero a Jesucristo crucificado».
Perteneció a una familia noble napolitana. A los siete
años ya lo ponen a estudiar las letras clásicas. A los doce se matricula en la
universidad y a los dieciséis ya es investido con la toga de doctor en ambos Derechos. A
la vez que estos estudios tan serios, se entrega también a otros más livianos y
pasajeros: Estudia las lenguas modernas, esgrima, arte, música y pintura que después le
servirá todo esto para su apostolado.
Su padre había colocado sus ojos en él esperando que fuera un alto mando militar pero
viendo las inclinaciones de su hijo se contentó y dijo: "Está visto; más que para
las armas, el muchacho vale para las letras. Le haremos abogado".
Durante ocho años se entregó en su bufete de abogado a defender pleitos. Los ganó todos
menos uno, el del Duque de Orsini y aun fue por injusticias y mentiras. De él quedó tan
hondamente impresionado que dijo: "Mundo falaz, hoy te he conocido; en adelante nada
serás para mí". Y a un amigo le añadía: "Colega mío, nuestra vida es muy
desgraciada y corremos el peligro de perder nuestra alma para toda la eternidad. Veo que
ésta no es mi carrera. Voy a abandonarla y trataré ir por otros caminos".
Se preparó lo mejor posible y se ordenó sacerdote en el año 1726. Aquel mismo día hizo
este propósito: "La Iglesia me honra concediéndome este don, yo procuraré honrar a
la Iglesia trabajando incansablemente por ella, con mi pureza, con mi santidad". Y
cumplió fielmente la promesa.
Se entregó a recorrer toda Italia predicando Misiones populares y escribiendo preciosos
tratados sobre todos los temas que sabía interesaban al pueblo fiel: Moral, Catecismos,
Sermones, Visitas al Santísimo, Tratados sobre la Virgen María. Las Glorias de María
será su obra inmortal juntamente con sus tratados de Teología Moral en la que hasta
ahora goza de una gran autoridad.
El año 1732 funda la Congregación de los Redentoristas para que sigan su obra.
Más aún que al celo del misionero, los contemporáneos de
Alfonso fueron sensibles a su doctrina de moralista, que liberó a las almas de la
estrechez calvinista, así corno a sus estudios de teólogo que predicó sin desfallecer
la omnipotencia de la oración y de la confianza en María: «Por medio precisamente de la
oración, los santos no sólo lograron su salvación, sino que alcanzaron la misma
santidad». También afirmaba: «Dios quiere que se le pida, quiere ser vencido por una
cierta importunidad».
A sus 66 años el Papa Clemente XIII le obliga a
aceptar ser obispo de Santa Agueda de los Godos. Es un padre y un Pastor maravilloso.
Posee una rara cualidad en la paciencia con que, tras un
episcopado de trece años (1762-1775), aceptó el ser expulsado de su propia familia
religiosa y rechazado por sus hijos.
Igual que San Francisco de Sales señaló la diferencia entre tener veneno y estar
envenenado, hay una diferencia entre ser un mojigato y ejercer la prudencia. Ser un
mojigato no te hará ganar puntos (ni siquiera entre los santos). El problema con los
mojigatos es que a menudo se ofenden por cosas relativamente insignificantes. Más aún,
como están ofendidos, desean que todos los demás también lo estén. Ejercitar la
prudencia, en cambio, significa aplicar la previsión y el buen juicio.
San Alfonso María de Ligorio, era prudente, pero no mojigato. Como le gustaba la música
que tocaban en los teatros de su Nápoles natal, anhelaba asistir a las representaciones.
junto con la música, sin embargo, los teatros a menudo proporcionaban «cuadros
licenciosos». Obviamente, esto representaba un problema, pero San Alfonso era un maestro
de la prudencia. Compró una entrada para la última fila del teatro y luego, cuando se
alzó el telón, se quitó las gafas. Sabiendo todo el mundo que era extremadamente corto
de vista, estuvo en condiciones de apreciar la música sin escandalizar a quienes pudieran
verlo.
Nosotros también hemos de tener cuidado en no escandalizar. Como San Alfonso, podemos
disfrutar de ciertas actividades inocuas que los mojigatos de la vida encontrarían
ofensivas. Aunque no tenemos por qué dejar de hacer las cosas de las que disfrutamos
mientras no sean moralmente dañinas, hemos de acordarnos de ejercitar la prudencia
mientras las hacemos.
No pierde un instante por formar a los demás y por
santificarse él. El Padre bueno le llama a sus 91 años. Era el 1 de agosto de 1787.
SAN PEDRO JULIAN EYMARD,
sacerdote (+ 1868)
San Pedro Julián nació cerca de Grenoble,
en Francia, el año 1811. Recorrió varios caminos hasta encontrar su vocación
definitiva, pero siempre, en todas las etapas de su vida, se empleó a fondo, sin
desviaciones.
Quizá la fortaleza de su carácter la recibió de la formación cristiana y austera que
le dio su madre. Desde muy niño acompañaba a su madre, a la iglesia, muy de mañana,
para asistir a la Misa y comulgar.
Esto me recuerda el caso, de Ryckmans, que explica así su vocación sacerdotal: Mi madre
me despertaba a las 6,30. Yo podía quedarme a estudiar antes del desayuno, o ir a Misa
con ella. Todos los días la acompañaban para oír Misa y comulgar. Si mi madre no me
hubiese hecho madrugar cada mañana, no hubiera tenido coraje para ir a Misa de 7 cada
día, ni menos la idea y el coraje de hacerme sacerdote. Este es el origen de mi
vocación.
Eymard realizó también, hasta los 18 años, un duro trabajo con su padre en una prensa
de aceite. Pero no olvidaba la piedad. Las horas libres las pasaba en el templo. Y de este
modo surgió en él la vocación religiosa.
Su padre se oponía rotundamente. Pero Pedro Julián no cejaba en su empeño. Estudiaba
latín a escondidas, en los ratos libres, y de este modo se preparaba lo mejor posible
para cuando llegara el momento oportuno.
Por fin intervino el sacerdote Guibert, futuro cardenal y arzobispo de París, y su padre
cedió. Julián entró en el noviciado de los Oblatos de Marsella. Pero la dura disciplina
le debilitó y hubo de dejarlo.
Estuvo después en el seminario de Grenoble, donde fue ordenado sacerdote. Trabajó cinco
años en varias parroquias, y luego ingresó en los Padres Maristas de Marsella, donde
desempeñó diversas tareas.
Desde que, de niño, acompañaba a su madre a la iglesia, se distinguió por su ardiente
amor al Santísimo Sacramento. Sentía hacia él una atracción irresistible, un vivo
deseo de contrarrestar las tristes secuelas que había dejado el jansenismo, siempre
prontas a rebrotar.
De aquí nació el deseo de fundar una congregación dedicada exclusivamente al culto
eucarístico. Dejó la Congregación de los Maristas y fundó la Congregación del
Santísimo Sacramento. Sus miembros, llamados vulgarmente Sacramentinos, se dedican a
adorar al Señor en la Eucaristía, día y noche, como carisma principal de su apostolado.
Fundó además la Congregación de Religiosas Siervas del Santísimo Sacramento. También
organizó la archicofradía del Santísimo Sacramento, que se estableció en muchas
parroquias. Promovió por todo el mundo, y con todos los medios a su alcance, el culto a
la Eucaristía. Este era su mensaje: "Sólo en la vuelta a Cristo Sacramentado está
la salvación".
En una de sus correrías apostólicas conoció Eymard a la señorita Tamisier. Ingresó
Tamisier en la Congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento. Luego recorrió
diversos países, como viajera del Santísimo Sacramento y como organizadora de los
Congresos Eucarísticos, que se slguen celebrando con notable provecho. El primero fue en
Lille.
Tenía también San Pedro Julián una tierna devoción a la Virgen Maria. En una ocasión
terminaba así su predicación: "Honremos a María con el título de Nuestra Señora
del Santísimo Sacramento". Y desde entonces María es invocada con este título, que
sus Hijos propagan por doquier.
San Pedro Julián murió el 1 de agosto de 1868. Muy pronto se extendió su devoción. El
Papa Juan XXIII lo canonizó el año 1962.
OTROS SANTOS: Etelvoldo, obispo;
Pedro ad Víncula; Bono, presbítero; Hermanos Macabeos, antiguo testamento; Fausto,
Mauro, Aquila, Domiciano, Vero, Cirilo, Rufo, Menandro, Accio, mártires; Fe Esperanza y
Caridad virgenes; Félix, Justino, Leoncio, Alejandro, Nemesio, Severo, confesores.
