22 DE AGOSTO
SANTA MARIA REINA
«Dios te salve, Reina y
Madre de misericordia», «Salve, Reina de los cielos», «Reina del cielo, alégrate,
aleluya». Hace va mucho tiempo que semejantes aclamaciones están en labios del pueblo
cristiano a la hora en que cae la tarde (Conclusión de las Completas). Para el hombre de
la Edad Media, la invocación a la reina iba asociada a la idea de la omnipotencia
suplicante: al igual que Ester, que salvó a su pueblo de la destrucción, la reina
poseía plenos poderes sobre el corazón del monarca, era la soberana mediadora del
perdón. En el siglo XX, acaso se asocie mejor la evocación de una reina con la esfera de
la belleza y el perfecto éxito en la vida. Ahora bien, María es a la vez la
perfectamente bella y la omnipotente. Transfigurada aun en su propio cuerpo, se nos
muestra, al octavo día de la Asunción, como el triunfo supremo de la Redención, el
fruto más hermoso del árbol de la Cruz: la Mujer coronada de estrellas que «brilla ya
como un signo de esperanza segura y de consuelo ante el pueblo de Dios que peregrina»
(Conc. Vaticano II). Mas también es la nueva Ester: como Madre del Hijo de Dios, del
«príncipe de la paz», cuyo «reino no tendrá fin», se halla «a la derecha de
Cristo» para obtener en favor de aquellos a quienes él llama sus hermanos «la gloria de
los hijos en el Reino de los cielos».
![]()
Si el Beato Isidoro Bakanja hubiese maldecido
al hombre que le golpeó a muerte con una faja de piel de elefante llena de clavos,
habría sido comprensible. Por contra, incluso mientras yacía moribundo por la enorme
infección resultante de sus heridas no tratadas, dijo: «Ciertamente, oraré por él.
Cuando esté en el cielo, oraré mucho por él. »![]()