SAN SIXTO II Y COMPAÑEROS MÁRTIRES 258
A fines del mes de agosto del 258,
San Cipriano, que sería decapitado el 14 de septiembre, escribía a uno de sus colegas:
«Valeriano, en un escrito al Senado, ha dado la orden de que los obispos, sacerdotes y
diáconos sean ejecutados inmediatamente. Sabed que Sixto ha sido muerto en un cementerio
el 6 de agosto, y con él cuatro diáconos». La noticia era exacta. El 6 de agosto, el
papa Sixto II había sido apresado en plena asamblea litúrgica en el cementerio de
Calixto y decapitado junto con los diáconos Genaro, Magno, Vicente y Esteban. Otros dos,
Felicísimo y Agapito habían corrido la misma suerte en el cementerio próximo al
Pretextato, mientras el diácono Lorenzo sería condenado a muerte cuatro días después,
luego de haber sido sometido a la tortura. Nos hallamos ante la página más gloriosa de
la historia de la Iglesia romana durante las persecuciones. Cipriano podía apoyarse en
este testimonio para invitar a los cristianos de Africa «a la lucha espiritual: de tal
suerte dice - que cada uno de nosotros no piense tanto en la muerte cuanto en la
inmortalidad y que, consagrados a Dios con todas las energías de su fe y de su
entusiasmo, sientan antes la alegría que el miedo a la hora de una confesión, en la que
saben que los soldados de Dios no reciben la muerte, sino antes bien, la corona» (Carta
80).
Las catacumbas de Roma han sido la inspiración de cuentos espeluznantes. La idea de unas
cámaras secretas donde los cristianos primitivos se reunían para evitar a los romanos ha
encendido la imaginación de muchos novelistas. Aunque las catacumbas fueron utilizadas
por los cristianos como lugares de culto privado, principalmente eran cámaras de
enterramiento. Las autoridades siempre supieron de su existencia; de hecho, mientras el
papa Sixto Il estaba en ellas un día celebrando misa, los soldados imperiales aparecieron
de repente y lo degollaron.
Hacia esta época del año, aunque el verano se halla en pleno apogeo, cuando la luz
incide del modo justo, puede verse un tinte amarillo muy tenue en el verde los árboles y
un susurro del invierno se cuela por la ventana abierta. El verano debe concluir; es el
camino de toda vida.
Los primitivos cristianos utilizaban las catacumbas para sus más grandes celebraciones.
Ahí, entre los cuerpos de sus muertos, se regocijaban en la promesa de la vida eterna. Es
una de las grandes paradojas de la fe, que todos debamos morir antes de tener vida eterna.
No sólo deben morir nuestros cuerpos. Debemos morir a los apegos y ataduras que nos
mantienen aferrados a la tierra. Debemos abandonar nuestros deseos egoístas y nuestra
preocupación por las posesiones materiales. Debemos dejar marcharse todo de manera que
nuestras manos vacías puedan llenarse de eternidad. Una vez que aprendemos a hacer eso,
regocijarse en vida entre los muertos de las catacumbas no nos parece tan extraño.
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Cayetano nace en Vicenza, que pertenecía en aquel entonces a la República de
Venecia, de padres nobles. Su padre ostentaba el título de conde de Thiene. Su madre otro
de mayor gloria y que sin duda influirá mucho más en el alma y vida futura de Cayetano:
era terciaria dominica. Ella se preocupara, sobre todo, de la educación sólida en piedad
de su hijo y le hablará tantas veces de la vanidad de las riquezas y honores del mundo.
Benito Degil Abatti y Juana Palizi eran un
matrimonio modelo que vivían cerca de la ciudad de Trápani, en la bella Sicilia. Allí,
en Trapani, tenían un convento los religiosos carmelitas que gozaba de un gran renombre
por la santidad de los religiosos que allí moraban. Este matrimonio profesaba una tierna
devoción a la Virgen María que en aquella iglesia se veneraba. A ella le hicieron un
día esta promesa: "Madre, ya llevamos 26 anos casados y sin tener descendencia. Si
ha de ser para gloria de tu Hijo y tuya y para bien de la humanidad os rogamos nos
concedáis descendencia y os prometemos consagrarla a vuestro servicio". Los dos
estaban de acuerdo en aquella común oración que casi sin darse cuenta salía de los
labios de ambos.![]()