Profesor y padre de familia en Poitiers, llega al cristianismo cuando ya tenía
35 años. "Si la vida presente no se nos ha dado para avanzar hacia la eternidad, no
hay que considerarla como un beneficio".
Hilario nació en Poitiers, a
comienzos del siglo IV. Casado y padre de una niña por nombre Abra - que es honrada como
santa - se convirtió a la fe cristiana con la lectura de las Escrituras: la revelación
de Dios a Moisés y el prólogo de San Juan impulsaron con su luz a esta alma en la
búsqueda sincera de la Verdad: «Dios es bello y de una belleza tal que la sentimos sin
poder comprenderla». Hilario vivió desde entonces dentro del resplandor de la belleza.
Poco después de su bautismo el año 354 es designado obispo de Poitiers; y dos años más
tarde el arrianismo consigue desterrarlo a Frigia. Serán cuatro años de penalidades, de
tersos escritos como "discípulo de la Verdad", y de incansable apostolado en
Oriente.
Se mostraba
presto a «proclamar la divinidad de Cristo» y a defenderla «con celo infatigable».
Junto con San Atanasio defendió vigorosamente contra los arrianos la fe definida en el
Concilio de Nicea. Fue entonces cuando escribió su «Tratado sobre la Trinidad».
Las luchas contra los poderosos y la composición de sus obras no fueron óbice para que
Hilario se mostrase muy cercano al pueblo de los fieles, atento a sus necesidades.
Desde el año 360, durante
los siete años finales de su vida, este doctor de la Iglesia, en uno de los tiempos más
convulsos por la herejía, sigue levantando su voz; lo mismo en Poitiers, que en París y
Milán; consiguiendo mantener la Galia en la pureza de la Fe.
Al designar para
Ligugé al futuro San Martín, convirtió al Poitou en la cuna de la vida monástica de la
Galia. Murió en Poitiers el año 367