Después de San Sebastián y Santa Inés, celebramos la fiesta de un tercer
mártir de la persecución de Diocleciano. Este, que había comenzado por la depuración
dentro del ejército (300), arremetió luego contra el clero (303), antes de hacerlo
contra los fieles (304), como había ocurrido ya cuarenta y cinco años antes durante la
persecución de Valeriano (258). De igual suerte que por entonces el diácono romano
Lorenzo fue ilustrado por su confesión de Cristo junto con el papa Sixto II, así
también lo fue, durante la gran persecución, el diácono Vicente de Zaragoza, que fue
condenado a muerte en Valencia junto con su obispo Valerio (304 ó 305), luego de haber
sufrido la tortura.
San Agustín le dedicó cuatro
homilías, porque "no hay provincia que no celebre su fiesta".
Los griegos lo recuerdan anualmente el 22 de enero y también el 22 de noviembre.
Roma levantó tres iglesias a su nombre, tan exaltado por el Papa San León Magno.
Su martirio sería cantado como una epopeya por Prudencio, en el himno quinto de "Las
Coronas de los mártires".
Conocido como de Huesca, Vicente se forma al servicio de la Iglesia en Zaragoza, hasta
llegar a ser el primer diácono del obispo San Valerio, "el tartamudo ».
A causa de este defecto será Vicente el portavoz de la cristiandad de Zaragoza, al ser
llevado con su obispo ante el tribunal de Daciano en Valencia.
Mientras que al obispo se le condena al destierro, Vicente es torturado hora tras hora
para arrancarle su lealtad a Cristo. o su vida.
El ecúleo le descoyunta los miembros. Garfios de hierro desgarran sus carnes; abrasadas
más tarde a fuego lento, el grado supremo de tortura, a juicio de Prudencio.
Tras este lecho incandescente, le esperan los cepos de madera, dentro de un calabozo
oscuro y erizado.
Inútilmente se le pretende reanimar después, con atenciones sanitarias, para un nuevo
interrogatorio. Vicente ha muerto por Cristo, con la oración y la alegría en los labios.
Ambos diáconos,
el de Roma y el de Zaragoza, caminaron en pos de las huellas de su jefe de fila, San
Esteban, confiriendo su pleno significado al ministerio diaconal dentro de la Iglesia. Por
ello, ya desde el siglo IV, los cristianos de todos los países aunaron en un mismo culto
los tres nombres de Esteban, Lorenzo y Vicente.
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