La santidad de Francisco de Sales
es sonriente, no así la de Pedro Damiano. Si nos dejáramos guiar a veces por las apariencias nuestros
errores serían enormes. La Divina Providencia sabe guiar nuestros pasos aunque en tantas
ocasiones no lo sepamos apreciar. Así pensaría en el oscuro porvenir este niño, nacido en Ravena en 1007, que lo abandonan sus padres, que lleva vida de
animalillo de muy pequeño, que cuando ya es mayorcillo un hermano suyo lo trata con
inusitada crueldad y para que pueda comer lo envía a guardar sus cerdos...
Pero el Señor
le dio un corazón de oro y unas cualidades nada comunes que después alguien sabrá
apreciar. Va un día de camino y se encuentra una moneda de oro. Nunca había visto cosa
tan preciosa. En lugar de comprarse algo útil o superfluo, entra en una Iglesia y con
aquella moneda encarga que celebren una Misa por sus ya difuntos padres.
Un hermano suyo, que era arcipreste de Rávena, se encuentra con él y lo toma bajo
su cuidado. Le hace que estudie y pronto descubre en él cualidades tan extraordinarias
que muy pronto llega a escalar todos los más difíciles puestos, tanto en la cátedra
como en la Iglesia. No pensarían los que le vieron llevar vida infrahumana y cuidando
puercos que un día llegaría el papa Alejandro II a presentarlo al Episcopado de Francia
como su Legado y les escribiría: "Os enviamos al que después de Nos tiene la mayor
autoridad en la Iglesia Romana, a Pedro Damián, Cardenal Obispo de Ostia, que es como la
pupila de nuestros ojos y el más firme baluarte de la Sede Apostólica...".
Sobresale tanto que a los 25 años es ya profesor en Parma y luego en Ravena.
A los 28 años se hace religioso en Fonteavellana; y por su prudencia y amor a la
observancia es elegido prior. Con tal prestigio, que pronto el Papa Esteban IX le insiste
a aceptar el cargo de cardenal y obispo del puerto de Roma; para que desde ese puesto
colabore en la extirpación de las dos grandes calamidades del siglo XI: la simonía e
intromisiones extrañas en los nombramientos eclesiásticos y la relajación de la
disciplina en un sector del clero.
Vivió en un siglo que precisaba ante todo de personalidades enérgicas y
de profetas vigorosos para arrancar a la Iglesia del engranaje feudal en que se había
dejado prender: venalidad de los cargos eclesiásticos y decadencia en las costumbres del
clero.
Le vemos como un fruto apasionado y terrible, apocalíptico casi, del año mil,
penitente profeta en medio de los siglos oscuros; es un santo que visto de lejos asusta
por su rigor y su ira, como un símbolo de intransigencia que reprocha con tremendos
clamores los pecados del mundo, empezando por los de la Iglesia, roída por la simonía y
el concubinato.
Como siempre, de cerca su figura se humaniza. Este modelo de austeridad que en su Libro de
Gomorra traza un cuadro durísimo de la moral de sus contemporáneos, es también autor de
conmovidos himnos, de páginas que a través del rudo latín del siglo Xl todavía
transmiten un temblor de ternura. Y es su propia vida la que le muestra sometido por
obediencia a deberes que estaban muy lejos de su ideal.
Que era la soledad de un monasterio, como el camaldulense de Fonte Avellana, por una de
cuyas celdas renunció a la reputación de famoso profesor en Parma. Pero su saber y sus
virtudes le fueron empujando
a muchas actividades, fue prior, reformó la orden, hizo
nuevas fundaciones, y aquel hombre con vocación eremítica se vio convertido por orden
del papa en cardenal-obispo de Ostia y en legado pontificio.
Instrumento reformador de diversos papas - con quienes las relaciones no siempre fueron
apacibles-, tuvo que intervenir en problemas de alta política eclesiástica, viajar
mucho, predicar, ser consejero de reyes, escribir sobre una multitud de temas de teología
y moral (León XII le declaró doctor de la Iglesia).
¡Pobre Pedro Damiano, que sólo suspiraba por volver a su celda! «¿Qué me importan los
reyes y los concilios?» Adivinamos que estaba a punto de añadir irrespetuosamente: Y los
papas.
Encargado de múltiples legaciones, tanto en Francia como en Alemania e Italia,
trabajó hasta el agotamiento de sus fuerzas en la preparación de la renovación
espiritual de la Iglesia.
Años después aún tuvo que ir a Alemania por el divorcio de un rey y reconciliar a
su Rávena natal con el Pontífice. Murió en el camino de vuelta, refugiándose en el
monasterio de Santa María de los Ángeles, en Faenza (1072), un año antes de que su amigo
el monje Hildebrando se convirtiera en el papa Gregorio VII (él, tan mariano, que
extendió la práctica de la consagración de los sábados a la Virgen), abrazando por fin
una paz inasequible por la dureza del servicio que se le pedía.
OTROS SANTOS: Severiano,
obispo; Pedro Mavimeno, Vérulo, Félix, Secundino, Saturnino, Fortunato, Siricio
Sérvulo, mártires.