21 DE FEBRERO

SAN PEDRO DAMIANO 1007-1072

pedrodamianon.jpg (9508 bytes)La santidad de Francisco de Sales es sonriente, no así la de Pedro Damiano.
Si nos dejáramos guiar a veces por las apariencias nuestros errores serían enormes. La Divina Providencia sabe guiar nuestros pasos aunque en tantas ocasiones no lo sepamos apreciar. Así pensaría en el oscuro porvenir este niño, nacido en Ravena en 1007,
que lo abandonan sus padres, que lleva vida de animalillo de muy pequeño, que cuando ya es mayorcillo un hermano suyo lo trata con inusitada crueldad y para que pueda comer lo envía a guardar sus cerdos... 
Pero el Señor le dio un corazón de oro y unas cualidades nada comunes que después alguien sabrá apreciar. Va un día de camino y se encuentra una moneda de oro. Nunca había visto cosa tan preciosa. En lugar de comprarse algo útil o superfluo, entra en una Iglesia y con aquella moneda encarga que celebren una Misa por sus ya difuntos padres.

Un hermano suyo, que era arcipreste de Rávena, se encuentra con él y lo toma bajo su cuidado. Le hace que estudie y pronto descubre en él cualidades tan extraordinarias que muy pronto llega a escalar todos los más difíciles puestos, tanto en la cátedra como en la Iglesia. No pensarían los que le vieron llevar vida infrahumana y cuidando puercos que un día llegaría el papa Alejandro II a presentarlo al Episcopado de Francia como su Legado y les escribiría: "Os enviamos al que después de Nos tiene la mayor autoridad en la Iglesia Romana, a Pedro Damián, Cardenal Obispo de Ostia, que es como la pupila de nuestros ojos y el más firme baluarte de la Sede Apostólica...".
Sobresale tanto que a los 25 años es ya profesor en Parma y luego en Ravena.
A los 28 años se hace religioso en Fonteavellana; y por su prudencia y amor a la observancia es elegido prior. Con tal prestigio, que pronto el Papa Esteban IX le insiste a aceptar el cargo de cardenal y obispo del puerto de Roma; para que desde ese puesto colabore en la extirpación de las dos grandes calamidades del siglo XI: la simonía e intromisiones extrañas en los nombramientos eclesiásticos y la relajación de la disciplina en un sector del clero.

V
ivió en un siglo que precisaba ante todo de personalidades enérgicas y de profetas vigorosos para arrancar a la Iglesia del engranaje feudal en que se había dejado prender: venalidad de los cargos eclesiásticos y decadencia en las costumbres del clero.
Le vemos como un fruto apasionado y terrible, apocalíptico casi, del año mil, penitente profeta en medio de los siglos oscuros; es un santo que visto de lejos asusta por su rigor y su ira, como un símbolo de intransigencia que reprocha con tremendos clamores los pecados del mundo, empezando por los de la Iglesia, roída por la simonía y el concubinato.
Como siempre, de cerca su figura se humaniza. Este modelo de austeridad que en su Libro de Gomorra traza un cuadro durísimo de la moral de sus contemporáneos, es también autor de conmovidos himnos, de páginas que a través del rudo latín del siglo Xl todavía transmiten un temblor de ternura. Y es su propia vida la que le muestra sometido por obediencia a deberes que estaban muy lejos de su ideal.
Que era la soledad de un monasterio, como el camaldulense de Fonte Avellana, por una de cuyas celdas renunció a la reputación de famoso profesor en Parma. Pero su saber y sus virtudes le fueron
empujando a muchas actividades, fue prior, reformó la orden, hizo nuevas fundaciones, y aquel hombre con vocación eremítica se vio convertido por orden del papa en cardenal-obispo de Ostia y en legado pontificio.
Instrumento reformador de diversos papas - con quienes las relaciones no siempre fueron apacibles-, tuvo que intervenir en problemas de alta política eclesiástica, viajar mucho, predicar, ser consejero de reyes, escribir sobre una multitud de temas de teología y moral (León XII le declaró doctor de la Iglesia).
¡Pobre Pedro Damiano, que sólo suspiraba por volver a su celda! «¿Qué me importan los reyes y los concilios?» Adivinamos que estaba a punto de añadir irrespetuosamente: Y los papas.

Encargado de múltiples legaciones, tanto en Francia como en Alemania e Italia, trabajó hasta el agotamiento de sus fuerzas en la preparación de la renovación espiritual de la Iglesia.
Años después aún tuvo que ir a Alemania por el divorcio de un rey y reconciliar a su Rávena natal con el Pontífice. Murió en el camino de vuelta, refugiándose en el monasterio de Santa María de los Ángeles, en Faenza (1072), un año antes de que su amigo el monje Hildebrando se convirtiera en el papa Gregorio VII (él, tan mariano, que extendió la práctica de la consagración de los sábados a la Virgen), abrazando por fin una paz inasequible por la dureza del servicio que se le pedía.

OTROS SANTOS: Severiano, obispo; Pedro Mavimeno, Vérulo, Félix, Secundino, Saturnino, Fortunato, Siricio Sérvulo, mártires.

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