9 DE MARZO
SANTA FRANCISCA ROMANA,
religiosa 1384-1440
Desde los lejanos días de Inés, Cecilia,
Sabina, Prisca y Balbina, Roma no había visto crecer entre sus muros a ninguna santa.
Por eso la Ciudad Eterna de la que es patrona, venera con gran honor a Santa Francisca,
cuya vida entera discurrió entre la localidad de Navona - en la que fue bautizada (1384)
--, el Transtevere - en donde vivió durante treinta y siete años con su marido.
Pertenecía a una familia de las aristocracia feudal,
casó con un noble, un Ponziani, a los doce años. Tuvo tres hijos, dos murieron de corta edad, y
tal herida nunca se cicatrizó
en su corazón. La familia conoció los azares de la política, sufriendo en gran manera
con tal motivo; mas Francisca, estrechamente unida a su marido, lo soportaba todo con
entusiasmo y tras muchas
penalidades debidas a la guerra con Nápoles (destierro del marido, confiscación de sus
bienes), fundó la congregación de las oblatas de Tor'de'Specchi, la Torre de los
Espejos, aprobado en 1433 por el Papa Eugenio IV, agrupando a unas piadosas
mujeres que se consagraban a Dios sin abandonar del todo el mundo.
Singular experiencia la suya, la vida monástica dentro del matrimonio, siguiendo la regla
benedictina; permaneció casada durante cuarenta años y enviudó muy poco antes de su
muerte.
Antes de ofrecer «un modelo de vida monástica»,
según el espíritu de San Benito, como madre de las Oblatas, Santa Francisca presentó
durante la mayor parte de su vida «un modelo de vida matrimonial». Tal fue la vida de
esta mujer rica, que tomó en serio las Bienaventuranzas.
Pasaba sus días
dirigiendo su casa, y después, en compañía de su cuñada Vanozza - que era a la vez su
amiga -, visitando las iglesias y atendiendo a los pobres.
Santa de visiones, éxtasis y prodigios, contemplativa que ejerció influencia sobre el
papa Eugenio IV.
Su afán de caridad especialmente en el Hospital del
Santo Espíritu, admira y arrastra.
Destacó por sus dones de oración, poco a poco el
Señor la fue adornando con gracias excepcionales, hasta vivir en constante intimidad con
su ángel de la guarda.
¿Os habéis encontrado alguna vez con
gente tan atareada trabajando para la Iglesia que descuida las necesidades de su propia
familia? Se pasan horas sirviendo en este comité y presidiendo aquel proyecto. Organizan
excursiones y viajes de comida y dirigen servicios de oración. Ayudan a cualquiera que
viene pidiendo ayuda. Mientras tanto, sus propias familias se sienten descuidadas y
olvidadas. Lo más triste de tales personas es que a menudo creen estar haciendo
justamente lo que Dios espera que hagan.
Santa Francisca de Roma nos da un consejo diferente. Aunque dedicó mucha de su vida a la
oración, la penitencia, y las buenas obras, fue también una esposa y madre ejemplar.
Parte de los motivos para que fuera tan querida por su familia fue que mantuvo claras sus
prioridades. «Una mujer casada debe, cuando se la requiere, abandonar sus devociones a
Dios en el altar, para encontrarlo en sus asuntos caseros», dijo.
Su vida queda como un ejemplo, para la mujer, en todos los estados.
Muere en Tor de Especchi rodeada de sus
hijas, las Oblatas (1440).
SAN PACIANO, obispo +391
San
Paciano nos es conocido sobre todo por sus escritos y por el testimonio de San Jerónimo
quien, un año después de la muerte del santo obispo, decía: "Paciano, obispo de
Barcelona, en las faldas del Pirineo, de correcta elocuencia, y tan esclarecido por su
vida como por su dicción, compuso varios opúsculos, el Cervus y contra los Novacianos.
Murió bajo Teodosio". Sucedió al obispo Pretextato, durante el último tercio del
siglo IV. Se trata, pues, de un antecesor de san Olegario --a quien hemos visto hace sólo
tres días--en la sede barcelonesa.
Era sin duda de familia
distinguida, debió de nacer a comienzos del siglo lV en Barcelona, y de él se sabe
también que estaba casado y que tuvo un hijo llamado Dextro. Cuando fue elegido obispo,
hacia el 377, se ignora si era viudo o si, viviendo aún su mujer, se separó de ella para
guardar castidad perfecta según uso habitual por aquel entonces en estos casos.
Sus escritos acreditan una buena
formación literaria, tanto sagrada como profana, nos dan
a conocer su personalidad. Se han perdido el Cervus y un tratado contra los Novacianos,
citados por San Jerónimo. Nos quedan la Paraenesis, un Sermón sobre el bautismo y tres
Cartas al novaciano Simproniano. Parece que escribió contra los maniqueos, pero no
consta.
Estos breves escritos dan a San Paciano un lugar apreciable en la patrología del siglo
IV, y además nos dan a entender la solicitud del pastor por sus ovejas,
mostrándoles los buenos caminos, conduciéndolas a pastos seguros, y avisándoles de los
peligros que entrañan las falsas doctrinas.
Vale la pena resumir la doctrina de sus escritos. El contenido del perdido Cervus lo
conocemos por alusiones. Hay en él una celosa diatriba contra los desórdenes que se
cometían en una especie de carnaval del primero de año. Para actuar más libremente y
sin pudor, se disfrazaban, concretamente de cabras y ciervos, y de ahí el título del
opúsculo.
El Sermón sobre el bautismo es una instrucción a los catecúmenos sobre la situación
del hombre antes de recibir el bautismo. Es una clara exposición sobre la doctrina del
pecado original. La victoria de Cristo, dice, se hace nuestra, porque si al nacer de Adán
se hace el hombre pecador, al renacer en Cristo se hace santo. El bautismo nos da vida
nueva.
Las tres Cartas a Simproniano son importantes en la teología penitencial. Simproniano se
había unido al cisma de los novacianos. No admitía que la Iglesia se llamara católica
ni el valor de la penitencia. Paciano le contesta en vigor. "La Iglesia es católica
porque es una en todos y una sobre todos". Y añade: "Cristiano es mi nombre,
católico mi apellido".
En cuanto al perdón de los pecados por la penitencia, afirma: "Nunca amenazaría
Dios al que no hace penitencia, si no perdonase al penitente. Pero dirás: Sólo Dios
puede hacerlo. Sí, es verdad, pero lo que hace por sus sacerdotes, es potestad suya, pues
los sacerdotes obran en su nombre".
Las tres Cartas son respuesta a otras tantas que le había dirigido Simproniano. La
tercera es una precisa refutación de los errores de los novacianos, que no querían
admitir a reconciliación a los pecadores penitentes. "La Iglesia es, le contesta, la
casa grande que muestra su riqueza en preciosos vasos de oro puro y tersa plata, pero no
se avergüenza en servirse también en pobres vasos de barro, en pobres vasos de
madera".
La Paraenesis es una cálida exhortación a la penitencia pública, a la penitencia en
general. Se queja el santo de los que son "tímidos después de la desvergüenza,
vergonzosos después del pecado. No se avergüenzan de pecar, y se avergüenzan de
confesar sus debilidades y sus pecados".
El buen pastor podía ya descansar. Murió en la extrema ancianidad. Se había desvivido
en alimentar a su rebaño y en defenderlo de los falsos pastores. Acudía tranquilo a la
cita: "Pasa el gozo de tu Señor"
Otros Santos: Gregorio Niseno, obispo; Catalina de Bolonia, virgen.