8 DE MAYO

BEATA JULIANA DE NORWICH 1343-1423

juliananorwichn.jpg (7367 bytes)Doña Juliana de Norwich no es sólo una de las santas oficiales del calendario romano, sino una de las místicas más queridas de todos los tiempos.
Juliana, según parece, era bien educada, pero no una niña feliz, e incluso oró pidiendo una muerte temprana. Dice: «Estaba cansada de mi vida y molesta conmigo misma, así que tenía la paciencia de seguir viviendo sólo con dificultades...» Pero seguir, siguió, volviéndose renombrada por su sabiduría y santidad.
Cuando comprendemos que Juliana conocía de primera mano lo que es sentir una gran desesperación, uno de sus dichos más famosos deviene aún más atinado. «Todo estará bien y todo estará bien y todo tipo de cosas estarán bien.»
Cuando nos sentimos oprimidos y cansados de la vida, las palabras de Juliana de Norwich actúan como un bálsamo para el alma. «Todo estará bien y todo estará bien.» No importa lo que esté sucediendo, pese a lo nubladas que las cosas parezcan por el momento, nuestra vida está desenvolviéndose como debiera. No hemos de hacer nada para que suceda. Lo único que hemos de hacer es confiar.
«Y todo tipo de cosas estarán bien.» Incluso cuando miramos a nuestro alrededor y vemos todos los horrores de la guerra, las enfermedades y los desastres no hemos de preocuparnos, pues todo, no sólo algunas cosas o las cosas que podemos controlar, sino todo, será para mejor.

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BEATO LUIS RABATA, confesor (+ 1490)

luisrabata1.jpg (23430 bytes)La iconografía suele pintar o esculpir a nuestro beato de pie y con una palma en la mano y en la frente clavada una flecha que le causó la muerte.
Nació en Erice (Trápani-Italia) en el año 1443. No sabemos muchas cosas de su nacimiento, niñez y juventud. Dicen los Procesos de su Beatificación de los años 1533 y 1573 que sus padres eran muy buenos cristianos y de humilde posición. Educaron a Luis y a todos sus demás hijos en el santo temor de Dios. Sobre todo su santa madre influyó en su alma inspirándole una tierna devoción a Jesús Eucaristía y a la Virgen María. Fueron siempre estas dos devociones las que mayormente vivió y desplegó en su celo sacerdotal.
De muy tierna edad, ingresó en la Orden del Carmen en el convento de la Anunciación de Trápani.
Hizo su noviciado con grandes anhelos de perfección, entregándose más tarde por su profesión, al servicio de dios con admirable generosidad.
Allí permanecían vivos los ejemplos maravillosos de San Alberto que, como él, había abrazado, siendo aún muy niño, la vida religiosa y que había gozado de tiernas apariciones de Jesús Niño. El joven Luis procuró imitar las virtudes de este gran Santo y, a decir de sus superiores y compañeros, parecía un doble del Santo tal como había llegado hasta ellos la historia de su vida.
Su humildad sufrió dura prueba cuando los superiores le mandaron se ordenara de sacerdote, pues, en su anonadamiento, nunca se juzgó digno de tan excelsa dignidad.
Una vez ya sacerdote, fue encargado por los superiores de la misión de predicar la palabra de Dios. Fuego eliano ardía en su corazón y no se daba descanso. Recorrió la mayor parte de los pueblos de Sicilia dejando en todos destellos de santidad. Ruidosas conversiones se realizaron por medio de su ardorosa palabra. Los milagros le acompañaban por todas partes. Muchos pecadores abandonaron sus caminos de perversión y no pocos incluso llegaron a abrazar la vida religiosa.

Su prudencia y santidad de vida eran tan notorias que los superiores sometieron de nuevo su humildad a prueba nombrándole prior del convento de Randazzo,  que era uno de los conventos llamados "reformados", en los que se vivía con rigurosidad en la observancia regular: mortificación, silencio, oración... Luis era modelo para todos sus hermanos a pesar de que todos allí emulaban la más elevada virtud y luchaban por cumplir con la máxima fidelidad la Regla carmelita.
Los Procesos de canonización (1533 y 1573) documentan la santa vida de nuestro Beato como ferviente religioso, que supo conciliar los deberes de una observancia impecable con los de su amor al prójimo, al que le obligaba su deber sacerdotal siempre iluminado por la caridad.
Al ver tanta santidad en un humilde religioso lleno de celo apostólico contra el vicio, un hombre perverso, Antonio Cataluccio, aprovechando la ocasión de que el Beato volvía de su postulación le arrojó una saeta a la cabeza, que lo dejó gravemente herido.
Malamente pudo llegar a su convento y aunque pidieron al Beato que denunciara al agresor, nunca quiso decirlo sino que de todo corazón lo perdonó e hizo por él especial oración.
Sufrió durante algunos meses fuertes dolores, que no le impidieron dedicarse a la más subida contemplación.
El Señor le reveló su cercano fin y el término de sus trabajos. Recibidos los últimos sacramentos sin perder la paz y su total conformidad con la voluntad de Dios, exhaló su último suspiro el 8 de mayo de 1490.

El papa Gregorio XVI, el 1842, aprobó su culto.

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SAN PEDRO DE TARANTASIA. 1102-1174

pedrotarantasia.jpg (13688 bytes)Nació en Saint-Maurice, aldea próxima a Vienne, de una familia de labradores, se hizo cisterciense en Bonaval, y la fuerza de su ejemplo arrastró a todos los suyos - sus padres y tres hermanos -, moviéndoles a abrazar también la vida religiosa.
En el 1132 fue elegido abad de Tamié, en la región de Tarantasia, que se encuentra en las faldas de los Alpes Saboyanos, y diez años después, a pesar de resistirse tenazmente a ello, como si le hicieran beber el más amargo de los cálices, se le nombró obispo de Tarantasia.
Como muchos otros prelados de esta época, en su corazón no renunció jamás a seguir siendo un monje, y para regir y santificar su diócesis aplicó los
principios del Císter, como si su abadía se hubiese ensanchado hasta abarcar una inmensidad de tierras y de gentes.
Lo que caracterizaba a esta diócesis montañosa eran los pasos alpinos, y Pedro, dando muestras de una caridad llena de sentido práctico, puso todo su empeño en ayudar a los viajeros de aquella comarca.

Conociendo su diplomacia, el papa Alejandro III le encomendó misiones políticas, por ejemplo para restablecer la concordia entre Luis VII de Francia y Enrique II de Inglaterra.
Este monje, a un tiempo tan espiritual y realista, no era feliz fuera de su monasterio, visitaba con frecuencia la Gran Cartuja, suspirando por quedarse con los severos discípulos de san Bruno, y en una ocasión se escondió durante un año en una remota abadía, argucia que no le sirvió de nada, porque volvieron a llevarle, muy mohíno, a su palacio episcopal.

Otros Santos: Nª Sª del Toro; Nª Sª de la Salud; Nª Sª de la Estrella; Beato Jeremías de Malaquia, religioso; Beata María Catalina de San Agustín, religiosa; Víctor, mártir.

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