23 DE NOVIEMBRE
SAN CLEMENTE, .PAPA S. I
"Clemente vio a los
Apóstoles en persona, tuvo relación con ellos, oyó con sus propios oídos su
predicación y conservaba aún ante su vista su tradición". Con estos términos
presenta San Ireneo, un siglo más tarde, a aquel que, tras los desdibujados episcopados
de Lino y Cleto, aparece como la figura prominente de primer sucesor de Pedro. Es cierto
que su intimidad con los Apóstoles contribuyó no poco a imponer la elección de Clemente
a la comunidad romana, aun cuando resulte imposible el reconocer a ciencia cierta su
nombre entre aquellos de los que asegura San Pablo que se hallan inscritos en el «Libro
de la Vida» . En la carta que, hacia el año 95, dirigió en nombre de «la
Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en Corinto» - a fin de
exhortar a los cristianos de Corinto a la unidad y al amor - Clemente evoca con emoción
la memoria de Pedro y Pablo. El espíritu que se deja entrever detrás de esta carta es el
de un hombre que se nutría de la Escritura, el de un ciudadano que se mueve muy a sus
anchas dentro del mundo grecolatino - cuya cultura había recibido - y el de un cristiano
a quien había enseñado a orar el propio San Pablo ¿Fue llamado a dar su sangre por
Cristo? Eso al menos es lo que atestigua la tradición a partir de fines del siglo IV.
«Cristo dice Clemente, pertenece a las almas sencillas y no a aquellos que se engríen
por encima del rebaño».
SAN COLUMBANO 525-615
El celta es viajero por
naturaleza: como marino o como misionero. Esto es algo que no se debe olvidar cuando se
intenta seguir la "peregrinación por Dios" de San Columbano, el más grande de
los monjes irlandeses. Nacido hacia el 525 ó 530 y formado en Bangor por el riguroso San
Gomball, cruzó el Canal de la Mancha con un grupo de monjes en torno al año 590. Su
objetivo era la evangelización de las regiones vecinas al Mosa y al Rin. Después de
haber recorrido durante catorce años el noroeste de la Galia, se afincó en Luxeuil de
Borgoña. Si se ha de hacer caso a la Regla que redactó, y aún más a su célebre
Penitencial: «treinta golpes de disciplina a quien se olvide de responder amén en el
coro», la vida de los seguidores de San Columbano era sumamente austera. Mas esto no
apagaba en lo más mínimo la afluencia de discípulos, puesto que pronto contó Luxeuil
con más de trescientos monjes. Columbano entró entonces en conflicto con los obispos y
príncipes borgoñeses (610). Quiso regresar a Irlanda, pero su navío naufragó a la
salida de Nantes, y comprendió que el Señor le quería en el continente. Decidió
entonces dirigirse a Roma, aun cuando no llegaría más allá de la Liguria. Dejando en
Suiza a su discípulo San Galo, el anciano abad se retiró a Bobbio, en donde fundó un
nuevo monasterio. Murió en él el año 615.