24 DE NOVIEMBRE
SAN ANDRÉS DUNG-LAC Y COMPAÑEROS 1820-1862
Cuando miramos el firmamento nocturno,
vemos cúmulos estelares. Los santos vienen también en cúmulos. Uno de tales cúmulos de
santos es el de los 117 mártires vietnamitas canonizados en 1988. Al menos tres oleadas
de persecución tuvieron lugar en Vietnam entre 1820 y 1862, cuando un tratado con Francia
dio libertad religiosa a los católicos. De los 117 mártires, 96 eran vietnamitas, 11
españoles y 10 franceses. Cincuenta y nueve eran católicos laicos y 58 clérigos. San
Andrés Dung-Lac, cuyo nombre es citado el primero en el día de su fiesta, era un cura de
parroquia.
Una de las cosas más atractivas de los santos es que provienen de todos los continentes
(excepto la Antártida). Más aún, provienen de todos los órdenes de la vida, desde los
sirvientes hasta la realeza. Y provienen de toda nacionalidad. Todo tipo posible de
personalidad está representado. Dicho en pocas palabras, los santos son una completa
sección transversal de la humanidad.
Pese a sus enormes diferencias, los santos tienen ciertas características comunes. La
primera es su enorme amor por Dios. En primer lugar, y ante todo, están enamorados de la
divinidad. En segundo lugar, los santos nos dicen constantemente que no tengamos miedo.
Una y otra vez dicen que mientras Dios esté con nosotros, ¿quién podría estar contra
nosotros? Finalmente, los santos nos animan a convertirnos en los individuos únicos que
fuimos creados a ser. Ninguno de ellos es igual que otro, y tampoco deberíamos nosotros
ser ninguno, salvo nosotros mismos.
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SANTAS FLORA Y MARÍA 851
Flora era cordobesa,
huérfana de un padre musulmán y educada por una madre cristiana, de tal modo que
"niña aún, se alejó de todas las vanidades del siglo", según cuenta su
biógrafo san Eulogio, que la conoció. El fanatismo de su hermano mayor la condujo a
presencia del cadí, quien la hizo azotar sin conseguir que renegara de su fe.
Los padres de santa María eran cristianos y se habían retirado a un pueblo de las
montañas cordobesas con sus dos hijos, ella y Walabonso; éste fue confiado a un
sacerdote para que le educase en un monasterio y María entró en el cenobio de Cuteclara.
Tras el martirio de Walabonso, su hermana se lanzó a la calle para proclamar su fe y
entró a orar en la iglesia de san Acisclo, donde estaba Flora, quien también se
encomendaba a los mártires después de haber oído que Cristo le decía: «Otra vez vengo
a ser cruficado».
Las dos doncellas se dan el ósculo de la paz, se descubren una a otra su propósito y se
juran amistad indisoluble y no separarse por ninguna causa hasta que las dos vayan a
reunirse en el Cielo. Luego se presentan resueltamente ante los jueces desafiándolos con
la proclamación de su fe.
De los calabozos de la prisión, donde las mezclan con prostitutas, las sacan para
conducirlas al lugar del martirio. «Ellas se santiguaron», escribe san Eulogio
«después alargando los cuellos al verdugo cayó Flora y a continuación María.
Sus sagrados cuerpos quedaron expuestos allí para pasto de los perros y de las aves, y un
día después los arrojaron al Guadalquivir. Sus santas cabezas se conservan en la
basílica del mártir san Acisclo. Allí el pueblo cristiano siente visiblemente su
protección».